viernes, 28 de agosto de 2015

DE LA MODERNIDAD EDUCATIVA EN COLOMBIA

Posted By: Guillermo Molina Miranda - 13:50:00

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DE LA MODERNIDAD EDUCATIVA EN COLOMBIA

Educación
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"La modernidad nos ha homogenizado, nos hace datos, códigos, números… nos ha despersonalizado. Somos fichas en las manos de los que tienen el poder económico y político".

Breve recorrido por la historia de la pedagogía en el mundo y en Colombia. Una mirada crítica al devenir histórico de la pedagogía colombiana.

"Una sociedad que reconozca a sus miembros como humanos no como obreros, no como objetos de comercio, que de prevalencia e importancia al SER..."


DE LA MODERNIDAD EDUCATIVA EN COLOMBIA

ESPERANZA BELTRAN LAVERDE
Especial para Revista Pedagógica Nueva Escuela

Introducir la modernidad educativa en Colombia, entendida esta como la construcción de una pedagogía propia que interiorice nuestras normas, leyes y reglamentos y que conlleve a la formación de ciudadanos libres, independientes y responsables, es un proceso que lleva años de gestación.

Desde la aparición de las primeras tesis pedagógicas en el siglo XVII de manos de Rousseau y Pestalozzi, hasta lo que se vivencia hoy en las aulas de clase de las instituciones educativas oficiales de nuestro país, han transcurrido no sólo tres siglos de historia, sino también de cambios sociales, económicos y culturales, que adheridos al avance de la pedagogía como ciencia (auxiliada por nuevos campos de psicología, la sociología, la antropología y otras ciencias humanas) pueden caracterizar la realidad “pedagógica” que se vivencia en los colegios.

La pedagogía en su sentido etimológico se refiere al arte de conducir al niño. Su definición ha ido evolucionando como lo han hecho los grupos humanos a lo largo de historia en la medida en que ha respondido a las necesidades y a los ideales de cada cultura. En la antigüedad, los griegos dieron especial importancia a la formación de los ciudadanos, aun cuando los ideales de hombre a formar cambiaron a la par de la evolución de su sociedad, fue esta cultura la primera en implementar una formación organizada en diferentes estadios, cada uno con una finalidad específica, con unos actores especiales que contribuían a la consecución de ese ideal de hombre. En la Grecia Homérica, el ideal de hombre se representaba en el héroe aventurero, fuerte, apuesto, líder, militar, dueño de la palabra y ansioso de honor y de gloria. Los cambios sociales, económicos y culturales derivados del progreso griego, del cambio de la ruralidad a la urbe, de la expansión de la cultura a través de los viajes y el conocimiento de nuevos estilos de vida, derivaron un cambio en el ideal de hombre que fue abordado por los grandes filósofos de la época, (Sócrates, Platón, Aristóteles) del héroe aventurero se fue pasando al concepto de un hombre culto, refinado, comerciante, diplomático… luego de la invasión romana este ideal se completó con el hombre de ley, el político. Toda esta evolución generó cambios en los procesos de formación de los jóvenes, aunque se conservó la organización general, los fines fueron cambiando, la educación física y el deporte por ejemplo, tan importante en la época homérica pasó a ser considerado un simple espectáculo en el tiempo de los romanos. 

Luego, el cristianismo modeló también la pedagogía. Se modificó el ideal nuevamente, el interés era la búsqueda de la santidad y de Dios. La Iglesia se hizo poderosa en el mundo e instauró sus leyes en todos los aspectos de la vida del hombre. El valor ya no era valioso como en los tiempos de Homero, la fe, la obediencia, el cumplimiento de las leyes, era el ideal. Entonces la pedagogía volvió a cambiar y apareció la escolástica y se modeló lo que hoy aún se conoce como pedagogía tradicional, repetitiva, autoritaria, memorística… cabe anotar que en sus inicios estas características respondieron al contexto cultural: fue autoritaria porque la autoridad provenía de Dios y era inalienable, era repetitiva y memorística pues no habían muchos materiales para hacer y para indagar, por tanto, la única manera de aprender era repetir para memorizar. Así, el hombre culto de la época era aquel que lograba guardar más información en su cabeza. Toda la Edad Media se caracterizó por el poder de la Iglesia y la educación fue manejada por ella y sólo fue asequible a la nobleza, la población en general no sabía leer ni escribir, los libros eran escasos y la formación fue pensada para los hombres.

En el renacimiento, con el descubrimiento del nuevo mundo, la caída del oscurantismo medieval y el inicio de lo que pronto sería el auge científico y filosófico de la Edad Moderna, el mundo retomó las raíces grecolatinas y abrió la mente a la modernidad. Aparecen entonces los grandes pensadores, aquellos que aún continúan ejerciendo gran influencia en la pedagogía de hoy: Rousseau y Pestalozzi. Sus ideas y planteamientos marcaron hitos en la filosofía y en la pedagogía, sus ideas de hacer al niño el centro de la educación, de buscar una formación libre y natural que respete su ser como niños son la base fundamental de la pedagogía actual. Rousseau propendía a la educación natural desdeñando la sociedad, lo cual se deduce de su más reconocida tesis: “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. Pestalozzi por el contrario consideraba que no podía desarrollarse la personalidad sin la sociedad, y el hombre debía integrarse a ella para realizarse; así entonces propendía a la formación de la personalidad en analogía al cultivo de una semilla, que traía ya todos sus bienes en ella misma pero que el horticultor cuidaba para que cosechara bien, el niño nace con sus facultades y el docente debe potencializarlas para que sirva y se integre a la sociedad.

Los pedagogos que vinieron después trabajaron con base a estos postulados. La gran virtud de estos pensadores, fue separar al niño del adulto, identificarlo como un ser especial, individual y diferente del adulto, la pedagogía anterior a ellos consideró al niño como un adulto pequeño. Así, este pequeño gran cambio filosófico generó una transformación de la pedagogía como ciencia. Ya en la Edad Moderna con el auge de la ciencia, los avances tecnológicos, los cambios políticos, sociales y económicos que se extendieron por el mundo entero a partir de la revolución francesa y la revolución industrial, la pedagogía no podía quedarse atrás, si el mundo cambia, cambia el ideal de hombre, por tanto, la pedagogía, entendida como el arte de formar, modelar o transformar al hombre, también debía cambiar.

El siglo XX empieza con movimientos pedagógicos simultáneos en diferentes países de Europa, lo que se conoce como Escuela Nueva o Escuela Activa que nació bajo el postulado de aprender haciendo, de hacer del niño un sujeto activo en su proceso de aprendizaje dejando atrás la didáctica escolástica que seguía imponiéndose desde la edad media, la repetición, la memoria, el discurso del docente transmisor de conocimiento y el papel pasivo del estudiante-receptor. Aunque dos siglos antes muchas de estas prácticas fueron develadas por grandes pensadores, debatidas y rebatidas por nuevas propuestas pedagógicas, en Colombia la práctica pedagógica seguiría siendo prácticamente escolástica durante mucho tiempo más.

La historia colombiana del siglo XX está marcada por la guerra, la violencia, los enfrentamientos políticos, un pobre desarrollo económico, el estancamiento social y el retraso, como norma general, frente a los continuos cambios que se afrontaban en el mundo. 

Antes de 1950 la mayoría de la población vivía en la zona rural, no habían servicios básicos y las instituciones educativas, en su mayoría, seguían siendo manejadas por la Iglesia, y las que no, seguían muy influidas por ella. La mujer tenía poca participación en la vida política del país, no tenía derecho a votar, sólo le era permitida una educación básica.

La modernidad, entendida esta como una nueva manera de ver la vida, una manera “moderna” de hacer las cosas, de dar equidad a hombres y a mujeres, de dar acceso a la educación a todas las clases sociales, de empezar a hacer vívidos esos pensamientos liberadores de los filósofos modernistas, llegó con dos siglos de retraso a nuestro país. Es posible que hacia la década de los 70’s se abriera un poco la mente que muchos preceptos religiosos y culturales mantenían cerrada.

En el ámbito educativo, en esta década se dieron grandes cambios normativos que empezaron a dilucidar la educación y el sistema educativo que hoy vivimos. En términos de discurso pedagógico, llega a Colombia la metodología de Escuela Nueva, aplicada a la ampliación de la cobertura educativa en las zonas rurales. Se importó esta metodología (como se han importado muchas otras) como respuesta a la dificultad para asignar docentes a instituciones rurales alejadas. Sólo había un docente con niños de varias edades y diferentes niveles escolares, esta metodología le permitía atenderlos a todos, ahorrar dinero y ampliar la cobertura educativa.

En Colombia hemos sido buenos para importar metodologías, copiarlas, adaptarlas, aplicarlas esperando de buena voluntad que funcionen. Ha habido programas de educación a distancia por correo, o por radio, que causaron gran auge en los 80’s, el Programa Camina de la UNESCO, que buscaba alfabetizar y dar continuidad a la formación básica es un buen ejemplo de esos aires de “modernidad” que se intentaron en aquellos años. También se probó la televisión educativa en la que tenían que llenarse unas cartillas que posteriormente se evaluaban por correo. Método que se retomó en los 90’s bajo el nombre de Tele Secundaria, modelo copiado de México (donde fue un fracaso) y que fue aplicado de manera descontextualizada y arbitraria (las cartillas enseñaban geografía e historia mexicana, por ejemplo)

A principios de los noventas, algunas universidades volcaron sus ojos nuevamente en la Escuela Nueva, entendida como una metodología más allá de las “guías”, y desarrollaron la continuación de esta (que hasta ese momento sólo ofrecía básica primaria) naciendo un programa que se conocería como PostPrimaria Rural con metodología de Escuela Nueva. Fenomenal! Tuve la oportunidad de nacer profesionalmente en un colegio piloto de este programa y me formé como docente en una escuela realmente “nueva”, como la que quería Pestalozzi tal vez o Ferriere, en la que el centro del quehacer educativo es el estudiante, donde se piensa en él, por él y para él, donde él hace parte activa de TODOS los procesos educativos (no sólo el de enseñanza-aprendizaje), donde él tenía la oportunidad de aprender haciendo, a su propio ritmo, respetando sus singularidades. 

Siempre me pareció curioso conocer la “modernidad” en el campo y no reconocerla en la ciudad. En mi formación docente inicial (la normal) el método divulgado en las clases de fundamentos pedagógicos siempre fue diferente del ejercido en las demás clases. Estudiar los pedagogos y las corrientes, hablar de constructivismo y pedagogías activas desde el atril del docente en la normal y llegar a las aulas a enfrentar una realidad, puramente tradicional, cuestiona a un maestro joven y entusiasta. Las prácticas pedagógicas adelantadas en la normal, donde se diseñaban y aplicaban clases según el estilo de tal o cual pensador, contrasta de la realidad de las instituciones. Las mismas clases modelo, preparadas de manera exacta por los maestros consejeros (en la estructura antigua de las normales) se sentían mentirosas una vez se incorporaba uno al trabajo ordinario de clase. 

La modernidad educativa entonces, es un concepto bastante confuso, si moderno es nuevo, las ideas de los grandes pedagogos no lo serían tanto (tienen más de dos siglos), si moderno es mejor, no necesariamente mejor sería nuevo, ni siquiera ser diferente daría de ser mejor aunque sí de ser moderno. Colombia ha dado tumbos entre lo nuevo, lo viejo, lo diferente. Lo importado que ha funcionado (o no) en otros lugares o simplemente los desechado. No hay un discurso nacional pedagógico. No hay identidad nacional pedagógica. Estamos influidos por las exigencias políticas y económicas externas, ellas son las que han definido el discurso, que dista mucho de ser realmente pedagógico, y que ha marcado la normatividad educativa. Un simple recorrido por los requerimientos pedagógicos de las últimas décadas nos confirma este planteamiento. En 1970 se enseñaban contenidos, los cuales eran enviados por el Ministerio de Educación Nacional de manera exacta a todos los lugares del país en libros gordos de diferentes colores rotulados con títulos como “Plan Curricular de Grado Segundo”, en 1980 los contenidos se cambiaron por objetivos, en los noventas los objetivos se cambiaron por logros, a mediados de los noventas se inventaron los indicadores de logros (incluso se normatizaron en una resolución que los enumeraba por grados y áreas), a finales de los noventas llegaron los estándares y para el nuevo milenio, la palabra de moda: las competencias.

¿Ha habido discurso pedagógico? ¿Ha habido identidad? ¿Son estos cambios indicadores de la acomodación a presiones externas o son producto de un proceso de reflexión sobre la realidad educativa del país? Se supone que a principios de los noventas, se reunieron un grupo de personajes notables para reflexionar sobre la educación, que de ahí nació la Ley General de Educación, que ahí empezó a gestarse un discurso pedagógico nacional. Tiempo después empezaron a hacerse planes decenales de educación, con el auge de la tecnología en el nuevo milenio, se dio participación al común de la gente en la definición de estos planes (que se supone que son la presentación del discurso pedagógico del país), incluso, y para enmendar uno de los peores errores normativos cometidos por el MEN, a finales de la primera década del nuevo milenio se adelantaron foros para tratar el tema de la “evaluación” (como si esta pudiese tratarse fuera del contexto general de la educación) y de estos nació una nueva normatividad, que a la postre no ha hecho mucha diferencia puesto que se trató el síntoma, pero no la raíz de la enfermedad.

La modernidad, históricamente hablando, se dio hace más de dos siglos, es decir, no es nueva. Filosóficamente se concentró en una nueva idea de hombre, más social, más activo, más dueño del mundo que explotaba en evolución. Siendo así, la modernidad hoy, en Colombia, en el plano educativo, llevaría a pensar que propendería a la formación del hombre. HOY se necesita, que responda a las necesidades de su contexto, que sea capaz de vivir, más bien, de sobrevivir a los retos de la sociedad consumista y la realidad capitalista mundial. El afán actual de la enseñanza técnica, de hacer convenios con el SENA para que los bachilleres se gradúen sabiendo hacer algo, preparados para la vida laboral, pone de manifiesto uno de los primeros dilemas pedagógicos entendidos por allá en la época griega, la educación humanista (del hombre, para el hombre) o la educación técnica, instructiva que no busca potencializar al hombre como individuo sino como ente activo de una sociedad. Si se entiende la modernidad de esa manera, de dar respuesta a las necesidades sociales, se podría decir que todo los tumbos dados hacen parte del camino. Ahora bien, ¿tiene sentido? Para que tanto saber y tanto hacer, si no se ES. La violencia en los colegios, el bullying, las pobres prácticas de estudiantes, la dinámica y la cultura del menor esfuerzo tan propias de la vida del colegio de hoy, dan cuenta de la necesidad de formar más. Aunque el discurso normativo y pedagógico plantea estos saberes como pilares de la educación, la sociedad actual dista mucho de apreciar el SER, el humano detrás de cada hombre, de cada niño. Por ende, la educación se da en el mismo sentido de la competencia por la supervivencia, en las selvas de cemento que son las sociedades urbanas. Los colegios son cada vez más despersonalizados, los docentes más instructores que maestros, más alejados y menos empoderados frente a los niños y jóvenes de hoy, quienes poseen más derechos que deberes y quienes se han convertido en opositores de toda autoridad o norma que no los deje ser, solo por ser.

Ni lo nuevo es bueno por ser nuevo, ni lo viejo malo por ser viejo. De la escuela tradicional se extrañan ciertos ambientes, utópicos a la realidad de hoy, el respeto, la autoridad, la diplomacia se han acabado en pos del derecho a ser sin limitaciones. La modernidad, no es buena solo por ser moderna. Aunque los pasos dados muestran un avance agigantado frente a nuestra realidad unas décadas atrás, si nos comparamos con la actualidad en otras naciones, estamos sumamente rezagados. Por decirlo fácilmente, hace poco se dieron a conocer los resultados de las últimas pruebas de PISA, los resultados de los estudiantes colombianos son trágicos, puesto 61 en 65 países. Lluvia de críticas para los docentes, aunque la ministra dice que vamos por “buen camino”.

Tratar de estandarizarnos con otros países que son, social, cultural y económicamente tan diferentes a nosotros, solo causará agotamiento y frustración. Que la fórmula mágica pueda ser mayor inversión en educación, no creo. Una mayor inversión es necesaria, pero no será una fórmula mágica. Que una mayor exigencia a los docentes mejoraría las cosas, evidentemente sí, docentes mejor preparados podrían hacer un mejor trabajo, pero es esa la solución por sí sola, tampoco. Entonces, ¿dónde está la solución? ¿cómo construir un discurso pedagógico moderno, propio y veraz, es decir, vivible? Los fundamentos pedagógicos dicen que la responsabilidad de la educación es tripartita, estado – institución – sociedad. Puede que las instituciones se transformen por exigencias normativas estatales, puede que el estado se “modernice” para cumplir las exigencias mundiales, pero mientras la sociedad, como estamento, no dé el paso, no hay nada que hacer.

Una sociedad moderna, no en términos de avances tecnológicos, ingresos económicos, comodidades, títulos profesionales, bienes o servicios, sino en el término de lo que el humanismo propende. Una sociedad que reconozca a sus miembros como humanos no como obreros, no como objetos de comercio, que de prevalencia e importancia al SER, (sin dejar de valorar el saber y el hacer) que vuelva tal vez a esas raíces filosóficas de la época griega, de Sócrates, de Platón, de Isócrates que valoraba al hombre en su esencia de ser hombre.

La modernidad nos ha homogenizado, nos hace datos, códigos, números… nos ha despersonalizado. Somos fichas en las manos de los que tienen el poder económico y político. La educación no ha escapado de ese modelo. El sistema educativo colombiano responde a las exigencias que el poder económico le impone. Es más fácil crear obreros que pensadores, es mejor negocio, pues se hace más rápido y con menos recursos. Según datos no oficiales, de 47 millones de colombianos, menos de cinco mil alcanzan el nivel educativo correspondiente a un Ph.D. o doctorado. La brecha educativa ya no se define, como en otras épocas, por quienes saben leer y escribir y quienes no, sino en quienes estudian para hacer y quienes lo hacen para ser, para transformar.

Visto de esa manera, la modernidad educativa no es tan buena, pero dado el hecho que no es optativo entrar en ella, debemos procurar modelarla, como lo hace la pedagogía con el niño, lo modela, para que nos sea útil, para sacar de ella lo que nos sirva como seres humanos, que nos haga más valiosos (no más ricos) y más trascendentes (no más importantes).

ESPERANZA BELTRAN LAVERDE
ESTUDIANTE DE MAESTRIA

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