sábado, 30 de noviembre de 2013

DEL MATRIARCADO AL PATRIARCADO

Posted By: Guillermo Molina Miranda - 6:38:00

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En el fin del patriarcado: Hacia la síntesis alquímica de una nueva cultura (I/II)
 
El arquetipo de la Madre ha recorrido nuestro inconsciente simbólico bajo diversas formas, pero con una constante en su signficado: la fertilidad creadora, que viene acompañada de una divinidad masculina que da origen a la naturaleza cíclica del mundo y el pensamiento.
 
Por: Christian Bronstein 

Diosa sumeria Inanna (2300-2000 a.C.)

I. La Era de la Madre

Desde que el antropólogo suizo Johann Bachofen concibiera, a fines del siglo XIX, el concepto de “matriarcado” para describir el modo de organización social de las sociedades humanas previas a la existencia de las llamadas “culturas clásicas” (griega y romana), incontables investigadores y teóricos culturales se han ocupado profusamente de este tema y, a pesar de los numerosos aspectos aún inciertos, existe hoy en día un consenso general sólidamente establecido al respecto.

Hasta donde se sabe, el llamado matriarcado fue un fase de varios miles de años que la mayoría de las culturas ha atravesado, fase que puede trazarse aproximadamente entre la invención de la agricultura y de la escritura, o entre el período neolítico y la Edad de hierro. Las culturas llamadas “matriarcales” no se caracterizaban, como en principio se pensó, por ser sociedades en las que las mujeres detentaban por sí solas todo el poder político y social, imponiendo su voluntad a los hombres. Por ello muchos autores criticann el término matriarcado (“el gobierno de la madre”) como un prejuicio surgido de las dicotomías simplistas e irónicamente patriarcales del pensamiento moderno, y prefirieren caracterizar a estas sociedades como “matrilineales” o “matrifocales”, culturas en las que la descendencia seguía a través de la línea materna. Si bien en estas sociedades las mujeres eran respetadas y, en muchos casos, tenían importantes roles sociales, el predominio de lo femenino y lo materno no parece haberse expresado tanto en la esfera social como sí en la psicológica. ¿Cuáles eran, entonces, los rasgos característicos de estas culturas?

La diosa babilonica Ishtar (c. 2000 a.C.)

El aspecto más sobresaliente de estas sociedades consiste en su adoración a un Principio Femenino, expresado en la forma de una diosa madre como figura religiosa central. Una de las explicaciones más evidentes de esto radica en que la actividad más importante de la vida social en estas culturas era la agricultura. La Gran Madre, cuya manifestación visible era todo el reino natural, era concebida como la fuente y el sostén de todo lo existente: de su simbólico vientre todas las cosas surgían y hacía éste retornaban. En términos de la psicología analítica de Carl Gustav Jung, toda la cultura se sostenía sobre la predominancia simbólica del arquetipo de la Madre. “Por supuesto, es lógico que la más primitiva representación del poder divino en forma humana haya sido más bien femenina que masculina. Cuando nuestros ancestros empezaron a formularse las eternas preguntas (¿de dónde venimos al nacer? ¿A dónde vamos después de morir?), tuvieron que haber observado que la vida emerge del cuerpo de una mujer. Para ellos debe haber sido natural imaginar el universo como una Madre bondadosa que todo lo da, de cuyo vientre emerge toda vida y al cual, como en los ciclos vegetales, se retorna después de la muerte para volver a nacer…” (Riane Eisler, El Cáliz y la Espada, 1987).

A medida que la revolución de la agricultura iba transformando el modo de vida de las anteriores sociedades de cazadores y recolectores, la Diosa fue ocupando cada vez más el papel central en el orden divino del mundo, dentro de un rico panteón de espíritus y divinidades menores. Una Madre Cósmica “…cuyo cuerpo es el Cáliz divino que contiene el milagro del nacimiento y el poder de transformar la muerte en vida, a través de la misteriosa regeneración cíclica de la naturaleza” (Ibid, 1987).

La Gran Madre de nuestros ancestros tuvo muchos nombres. En Grecia era llamada Deméter; en Egipto, Isis; en Siria, Astarté; en Sumeria, Inanna; en Babilonia, Ishtar, etc. Sus dos símbolos arquetípicos más antiguos y predominantes fueron la luna y la serpiente. En sus cíclicas fases, la luna representaba los tres aspectos de la Diosa: la luna creciente era la doncella, la exuberante juventud de la vida; la luna llena era la mujer encinta, la madre cuidadora; mientras que la luna nueva era la anciana sabia, o la bruja, la madre devoradora, poseedora de los oscuros misterios de la muerte. La serpiente-falo, por su parte, presente en todas las culturas matriarcales, fue el símbolo central de las fuerzas telúricas y sexuales, así como de la regeneración cíclica de la vida.


Ligado a este “naturalismo sagrado”, las cosmovisiones de esta forma de consciencia prehistórica eran panteístas, lo que significa que no existía para ellas una dicotomía rotunda entre un “mundo natural” y un “mundo divino”, ya que tanto el mundo subterráneo (de la muerte), como el mundo celestial (del cielo y de los astros) y el mundo terrenal (de las plantas, los animales y los hombres) eran aspectos o dimensiones de un único mundo en el que los poderes divinos se manifestaban, dando forma a todos los fenómenos.

El antropólogo Lévy-Bruhl, al referirse a la mentalidad antigua propia de las culturas prehistóricas, denominará este tipo de conciencia “participación mística”, un modo de pensar y de ser-en-el-mundo en el cual no existía una separación clara entre el conocedor y lo conocido. No era posible, en esta conciencia, concebir una separación tajante entre lo que llamamos “mundo interior” (o “yo”) y lo que llamamos “mundo exterior”. La consecuencia evidente era que el hombre no era capaz de concebirse como separado de la naturaleza. “El ser humano primordial percibe el mundo natural que lo rodea como impregnado de sentido, sentido cuyo significado es al mismo tiempo humano y cósmico… El mundo está animado por las mismas realidades de resonancia psicológica que los seres humanos experimen­tan en sí mismos. Hay continuidad entre el mundo interior del hombre y el mundo exterior”. (Richard Tarnas, Cosmos y Psique, 2009). La naturaleza, en otras palabras, era vivida y experimentada como viva y sagrada, en toda su irracionalidad, horror y belleza.

Puede decirse, por otra parte que, en muchos aspectos, este modo de conciencia poco discriminatrio impedía a la cultura reflexionar sobre sus propios paradigmas, cuestionar la “verdad” establecida de sus mitos y su organización social, fomentando un estatismo tribal incapaz de evolución o autocrítica. El conocimiento humano de estas primeras culturas agrarias era aún rudimentario comparado al nuestro y estaba atravesado por tabúes y supersticiones de carácter simbólico e inconsciente que condicionaban profundamente la vida social.
Kali, el aspecto oscuro de la Diosa en la India

Dentro de este marco, debe incluirse la cultura del sacrificio ritual, ya que la Diosa tenía también un aspecto oscuro: la muerte (la Madre Devoradora arquetípica), presente como la amenaza constante de las salvajes e incontrolables fuerzas de la naturaleza. Y si bien la vida y la muerte parecen haber sido concebidas como un continuo interminable dentro de la Gran Madre, el temor a la extinción física podía ser también una realidad inmediata y aterradora. Para apaciguar este aspecto de la Diosa, las culturas matriarcales habrían recurrido al sacrificio substitutorio (un modo de “soborno divino”, podría decirse): la ofrenda ritual de animales y, de ser necesario, humanos. “La Gran Madre es al mismo tiempo la Gran Protectora y la Gran Destructora, la Gran Devoradora, lo que H. S. Sullivan, en fin, denominaba la Buena Madre y la Mala Madre… Aquí precisamente se asienta la dinámica y el fundamento psicológico del ritual, ya que para apaciguar a la Gran Madre, para que la Gran Protectora no termine convirtiéndose en la airada Destructora, es necesario llevar a cabo determinados ritos.” (Ken Wilber, Después del Edén, 1981).

Así mismo, Jung señalará que, dado que el desarrollo de la individualidad era mínimo, en este tiempo conceptos como la “subjetividad” prácticamente no tenían lugar, ya que el ego (“yo”) emergente estaba todavía casi completamente sumergido o identificado con la colectividad de su grupo social. Sin embargo, está carencia de subjetividad y de distancia crítica frente a las tradiciones establecidas parece haber sido complementada o suplida justamente con un gran apego a los valores y propósitos colectivos, lo que dio lugar a culturas extraordinariamente pacíficas y estables, que convivían en una relativa armonía, sin signos de guerras, opresión o esclavitud, y sin diferencias marcadas de poder entre los sexos.

Basándose en los hallazgos de la antropología, muchos autores han concluido que en estas culturas valores como el poder, la conquista y el heroísmo, tan propios de la cultura occidental clásica, parecían estar prácticamente ausentes. En su lugar, predominaba un universo simbólico que orbitaba en torno a los valores maternales, la fertilidad, la belleza y la cooperación colectiva. “Las divinidades de estos pueblos no llevan lanzas, espadas ni relámpagos, ni se han hallado sepulturas de jefes especialmente lujosas que sugieran una organización jerárquica de la sociedades con líderes poderosos y una población sumisa. No existen imágenes que celebren la guerra, ni siquiera que la representen… no se había hecho hincapié en la elección de lugares elevados, en construir muros de tamaño desmesurado o armas para protegerse de los enemigos. Aún más, la colina o montaña se elegía como lugar de construcción de un santuario, no como campamento fortificado o ciudadela… Más bien, incontables ilustraciones de la naturaleza atestiguan el sentido que estos pueblos tenían de la belleza y de la sacralidad de la vida.” (Anne Baring & Jules Cashford, El Mito de la Diosa, 1991).
Deméter, diosa griega de la cosecha (siglo III a.C.)

Como ha mostrado la psicología profunda, las religiones y las mitologías reflejan la estructura, los valores y la organización de las culturas en las que emergen. Por ello “es comprensible que las sociedades con tal imagen de los poderes que gobiernan el universo, tuvieran una estructura social muy diferente de aquellas que veneran a un Padre divino que empuña un relámpago o una espada. Y parece aún más lógico que en aquellas sociedades que conceptuaban en forma femenina a los poderes que regían el universo, las mujeres no hayan sido consideradas como sumisas y que las cualidades “afeminadas” tales como el cariño, la compasión y la no violencia hayan sido altamente valoradas.” (Riane Eisler, Ibid).

Intentando evitar las idealizaciones míticas, que descansan siempre bajo la arquetípica fascinación del Paraíso Perdido, y aunque nos resulte difícil de asimilar, la evidencia arqueológica parece hablarnos con bastante elocuencia de un extenso período en la historia del ser humano que fue próspero, relativamente igualitario y pacífico durante más de 2.000 años. Pero en los últimos siglos de la Era de bronce, la historia humana sufrió una increíble y brutal transformación.

II. La Era del Héroe

De forma general, en las mitologías matriarcales, la Diosa Madre estaba siempre acompañada de una figura menor, divinidad de la fertilidad, que parece haber sido a la vez tanto la manifestación de su poder como de su bondadosa superabundancia creativa: esta figura era su hijo-amante, representado en muchas culturas por el toro o el león y, más tarde, como un joven dios masculino. El destino ineludible de esta edípica divinidad, simbolizado en el mito y el rito, era nacer como hijo cada verano para unirse como amante a su madre durante cada primavera en el hierosgamos (“matrimonio sagrado”) que fecundaba y revitalizaba la tierra, y morir cada invierno, para ser resucitado nuevamente por el poder divino de su madre con el comienzo de un nuevo verano. “En el mismo sacrificio, el dios-consorte se une a la Gran Madre y luego renace o resucita (transformándose, a lo largo de este proceso, en su propio padre)… Adviértase que ésta es precisamente la fórmula de María y Jesús, en la que ella es, al mismo tiempo, la madre del dios muerto y resucitado (Jesús) y la esposa virgen del dios (el Padre). Pero, antes de María y Jesús, fueron Damuzi e Inanna, Tamuz e Isthar, Osiris e Isis… una historia muy, muy antigua.” (Ken Wilber, Ibid).
“Teseo Libertador”, Affreschi Romani Ercolano

El psicólogo analítico Eric Neumann dirá que esta divinidad vinculada inexorablemente a la Gran Madre constituye las primeras e incipientes representaciones del yo (ego) humano en y frente al mundo que lo rodeaba. En uno de los clásicos más perdurables e influyentes del pensamiento junguiano, Los orígenes e historia de la conciencia, Neumann rastrea la progresiva transformación de este hijo subordinado o dependiente en el arquetipo del Héroe, que impregnará los mitos de todas las culturas humanas, hasta nuestros días. Para Neumann, el arquetipo del héroe no es sino el arquetipo de la propia conciencia humana en su lucha por la emancipación simbólica de las condiciones inconscientes que constituyen su seno materno.

En su lucha y conquista de la individualidad y la autoconciencia frente a su condición tribal inconsciente y su inmersión en el grupo colectivo, el joven dios, subordinado de la fertilidad, deberá cortar el vínculo que lo unía a su madre, emancipándose a sí mismo, y convirtiéndose al mismo tiempo en un líder revolucionario, un auténtico faro de renovación colectiva. Como ejemplifica el mitólogo Joseph Campbell, “una multitud de hombres y mujeres escoge el camino menos aventurado de las rutinas cívicas y tribales relati­vamente inconscientes. Pero estos viajeros también se sal­van en virtud de las ayudas heredadas y simbólicas de la sociedad, los ritos de iniciación… que han funcionado por milenios.” Pero “sólo el nacimiento puede conquistar la muerte, el nacimiento no de algo viejo, sino de algo nuevo [...]. El héroe, por lo tanto, es el hombre o la mujer que ha sido capaz de combatir y triunfar sobre sus limitaciones históricas personales y locales y ha alcanzado las formas humanas generales, válidas y normales […]. Su segunda tarea y hazaña for­mal ha de ser (como todas las mitologías de la humanidad indican) volver a nosotros, transfigurado y enseñar las lecciones que ha aprendido sobre la renovación de la vida.” (Joseph Campbell, El Héroe de las Mil Caras, 1959).
Benvenuto Cellini – Perseo y la Medusa

A finales de la Edad de bronce y principios de la Edad de hierro, tanto en el sur de Oriente como en Occidente, una nueva mitología se estaba imponiendo. Es la Era de los héroes solares. El amanecer de esta nueva conciencia heroica generaría la inversión total del sistema valores y símbolos de los antiguos matriarcados. La serpiente, representación ancestral de la Diosa, asumiría la forma del monstruo-dragón de los poderes telúricos, instintivos e inconscientes, que todo héroe divino debía derrotar para abrirse camino hacia la constitución de su propia libertad y poder, mostrándole el camino a los hombres. “Sea de aire, tierra o agua, la Gran Serpiente –como la Diosa– poco a poco va siendo acorralada, sujeta, vencida. Set mata a Apofis. Apolo da muerte a Pitón mediante un flechazo. El rey dragón avéstico Azhdanak es derrotado por Vahagun. Atar vence a Aji Dahara… Zeus derrota a Tifón. Belerofonte, montado a lomos de Pegaso, mata a la Quimera, hija de Tifón y Equidna, la Víbora. Perseo decapita a la Medusa, que se muestra con cabellos de sierpes sibilantes y mirada capaz de convertir en piedra a los hombres. La maldición cae sobre la serpiente… Estruendos y furias acompañan el nacimiento del nuevo orden social.” (Leonor Calvera, Historia de la Gran Serpiente, 2000).

El triunfo del héroe divino, dirá Neumann, representa el triunfo de la capacidad diferenciadora de la conciencia humana frente a la naturaleza. La Diosa panteísta de los cielos, la tierra y el inframundo, es reemplazada por un Dios celestial que al separar con su voluntad los cielos de la tierra, ordena el mundo (trae “Cosmos” al “Caos”): “La separación del cielo y la tierra es una imagen del nacimiento de la conciencia, en la que la humanidad es apartada de la naturaleza. Uno mismo que percibe y valora se separa de lo que es percibido y evaluado [… Estos mitos] plasman la capacidad humana para actuar de manera reflexiva antes que instintivamente […] se es cada vez más consciente del poder del individuo para conformar los acontecimientos” (Erich Neumann, Los orígenes e historia de la consciencia, 1955).
El dios egipcio Shu (aire) separando a las diosas Nut (cielo) y a Geb (tierra), c. 1000 a.C.
Y de la misma forma que las nuevas divinidades masculinas y celestiales han separado los cielos de la tierra, lo divino y lo humano se han desvinculado. El mundo de los hombres y las bestias ya no es sagrado, en tanto ha dejado de ser un aspecto o manifestación de la propia Diosa: es una creación del Dios, por fuera de Él mismo. La concepción monoteísta de un Dios trascendente que crea y ordena el mundo desde el “más allá” reemplaza al mundo viviente de la Diosa, que actúa desde el interior siguiendo su propia naturaleza.

Es aquí en donde podemos comprender también el establecimiento de todos los maniqueísmos y dualismos filosóficos centrales de Oriente y Occidente: bien/mal, luz/oscuridad, trascendente/inmanente, cielo/tierra, etc. En estas nuevas mitologías, los opuestos son irreconciliables, ya que es de su propia oposición que la nueva conciencia emerge. “El héroe es asimilado al sol; como el sol, lucha contra la oscuridad, desciende al reino de la muerte y emerge victorioso. Aquí la oscuridad ya no es uno de los modos de existencia de la divinidad, como sucedía en las mitologías lunares; por el contrario, simboliza todo lo que el dios no es, y por lo tanto, el adversario par excellence. La oscuridad ya no se valora como una fase necesaria en la vida cósmica; desde la perspectiva de la religión solar, se opone a la vida, a las formas y a la inteligencia […] Al final, el sol y la inteligencia se asociarían hasta tal punto que las teologías solares y sincréticas de finales de la antigüedad se convirtieron en filosofías racionalistas; el sol es proclamado como inteligencia del mundo.” (Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, 1959).
Zeus (dios griego), “el padre de los dioses y los hombres”.

Pero la gesta heroica exige una revolución permanente, o la energía renovadora del héroe cristaliza en la configuración de nuevas y rígidas (e inconscientes) estructuras sociales. Así, en el mismo acto heroico, el héroe masculino, devenido en soberano y patriarca conquistador, se convertirá, dentro de cada cultura, en el Dios supremo de un nuevo orden social. Y de esta manera, la Era del Héroe da paso a la Era del Padre, cuyo aspecto benigno es el del sustentador, ordenador y protector, y cuyo aspecto negativo es el del tirano. Y será éste, finalmente, el arquetipo del Padre (portador del orden, señor de la autoridad, la tradición y la ley, y soberano divino sobre todas las cosas) el que prevalecerá y se impondrá como estructura simbólica central en las culturas históricas, durante los próximos tres milenios. El alzamiento de reinos guerreros estructurados en jerarquías de dominación y esclavitud, así como el sometimiento sistemático de las mujeres en todas las esferas de la cultura, sería el aspecto social de esta transformación. “Esta forma de gobierno y de valores implícitos son patriarcales; es una jerarquía de hombres, de los cuales cada uno existe en un orden establecido, con Zeus o Dios en la cima, deidades inferiores debajo, luego los reyes mortales, que remontan sus orígenes a algún dios, y después los leales vasallos y súbditos. Las grandes corporaciones, con el presidente de la compañía y la junta directiva en la cima, son los equivalentes contemporáneos de Zeus y los dioses del Olimpo.” (Jean Shinoda Bolen, Los Dioses de Cada Hombre, 1989).

¿Pero qué razones históricas, y que consecuencias psicológicas y sociales se encuentran detrás de la extraordinaria transformación cultural que daría lugar, tanto en Oriente como en Occidente, a este pasaje del mundo matriarcal al de los incipientes patriarcados originarios? ¿Y qué podrán decirnos éstas de nuestro presente y de la decadencia de nuestra propia cultura?

Como sugiere el gran historiador de la cultura Richard Tarnas, parafraseando a Hegel, “una civilización no puede tomar conciencia de sí, no puede reconocer su propio significado, hasta que no ha madurado lo suficiente como aproximarse a su muerte.” (Richard Tarnas, La pasión de la mente occidental, 1991). ¿Será posible que la filogenética travesía histórica de nuestra infancia numinosa en la Madre, de nuestra heroica pero trágica emancipación de su seno inconmensurable y de nuestra caída eventual bajo la tiranía del Padre, cuenten una sola y gran historia, la historia del desarrollo de nuestra conciencia, cuyo devenir se aproxima inexorablemente a un nuevo clímax?

En la segunda parte rastrearemos las causas históricas y las consecuencias sociales de esta dramática transformación, en busca de la clave cultural que nos permita ver a través de nuestra propia perspectiva histórica, de ésa que nos hizo, nos hace, y que avanza acaso hacia su propia muerte. 
 
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